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domingo, 28 de abril de 2019

La belleza de las estrellas: Capítulo dos



Capítulo 2: Las cosas se originan por la separación de los contrarios*

* Frase del filósofo y geógrafo griego Anaximandro de Mileto (610 a.C-545 a.C)

Estaba seguro de que, en cuanto llegaran las primeras horas de la madrugada, iría a buscarlo. Es más, tal vez incluso llegara antes, por eso no se había desvestido todavía y permanecía tumbado en la cama con la lámpara de aceite encendida. A pesar del largo viaje y de las ganas que tenía de quedarse dormido, lo cierto era que estaba impaciente porque pasaran los minutos y Feres entrara en su dormitorio como siempre: sin llamar a la puerta.

Nunca había conocido a nadie como él en sus dieciséis años de vida. Intentar definir a Feres en una o dos palabras era pedir un imposible, porque su amigo era muchas cosas. Era un loco impulsivo, un cerebro inquieto y un culo mal asiento. No sabía estarse quieto ni tampoco esperar a que llegaran los acontecimientos sino que era él quien se arrojaba sobre dichos acontecimientos. También era una persona con buen corazón, tirando a infantil, y con unas profundas inquietudes existenciales que intentaba desentrañar a través de la filosofía y de la astronomía.

—¿Por qué estamos vivos? ¿Qué hacemos en este mundo y no en otro? ¿Por qué nos crearon los dioses? Tiene que haber algo más, Menesteo. Sé que hay algo más —solía decirle años atrás durante las pocas ocasiones al año en la que podían verse y estar juntos. 

Él, al ser una persona más sencilla y simple que no se cuestionaba los designios de los dioses o el designio mismo de la existencia, no decía nada y se limitaba a escucharlo teorizar o citar a los filósofos que leía con avidez cuando su padre no tenía el ojo puesto en su persona gracias a los pergaminos que encargaba su hermana expresamente para él.   

No es que Menesteo fuera un entusiasta de la filosofía o de la astronomía, pero le encantaba escuchar la voz de Feres sobre aquellos temas que tanto le apasionaban. Ver sus ojos ambarinos brillar de emoción y la sonrisa ilusionada que dibujaban sus labios. Por esa sencilla razón era por la que recordaba cada charla, cada enseñanza y cada una de las citas de los filósofos que leía: porque cada vez que las recordaba la imagen de su amigo acudía a su mente y se le tatuaba en el alma. En el corazón. 

Porque Feres siempre había estado ahí desde la primera vez que se vieron y jamás se iría porque era su amo y señor. 

El chico suspiró con las manos detrás de la cabeza y estirazó las piernas hasta que los huesos crujieron. Puede que Feres fuera muy inteligente y rápido para unas cosas, pero para otras era la persona más lenta que jamás había conocido. 

O, tal vez, se haga el tonto.

Tan pronto como tuvo ese pensamiento, Menesteo lo desechó de su mente. Su amigo no solía eludir los problemas, más bien era el propio Menesteo quien los esquivaba; los sorteaba una y otra vez como un cobarde para no tener que enfrentarse a ellos y salir perdiendo.  

Porque tenía miedo al cambio que podría conllevar que Feres supiera la verdad. Uno que podría llegar a destrozarlo para siempre. 

Cerró los ojos y soltó un suspiro. Hacía años que ese era el pan suyo de cada día: tumbarse en la cama por la noche después del duro entrenamiento, contemplar el techo, pensar en Feres y suspirar. Dejó escapar un nuevo y sentido suspiro antes de abrir los ojos al sentir que se estaba quedando dormido. Al abrirlos, en su campo de visión borrosa al principio, apareció el rostro risueño de su amigo e, incapaz de moverse o de reaccionar, permaneció en la misma postura casi sin pestañear; con el rostro serio por la tensión y el corazón latiéndole desesperadamente dentro de su pecho, en el interior de aquella prisión de carne, músculos y piel de la cual quería escapar. 

Le costó la misma vida permanecer impasible, obligar a su cuerpo a permanecer en su lugar y a su mano el que no se alzara para acariciar aquel rostro que tan bien conocía y, a la vez, desconocía. 

Porque Feres había cambiado. 

Sus facciones habían perdido aquella suavidad y redondez infantil para tomar unos rasgos más adultos. Una ligera sombra de barba era perfectamente visible en sus mejillas y en su mandíbula fina como la que los grandes artistas cincelaban en sus esculturas. De la misma manera, su cuerpo había ganado altura y musculatura. A pesar de no haber desarrollado una como la suya, Feres tenía unos brazos fuertes, una cintura estrecha y unas piernas largas y bien torneadas, perdiendo su anterior anatomía desgarbada y delgaducha como si fuera un junco. 

—¿Estabas dormido? —le preguntó sentado en la cama, a su lado.

—No. Solamente descansaba los ojos.

Esa manida frase, la que siempre le decía cuando él lo iba a buscar para escaparse del palacio de Micenas, le hizo sonreír y Menesteo tragó saliva para contener el torrente de sentimientos que estaban intentando apoderarse de él, amenazando con hacerle perder el control de su sofrosine, algo de lo que siempre había estado muy orgulloso.   

—Pues levántate. — Feres le tendió una mano y los dos chicos se levantaron.

En silencio, se escabulleron por los pasillos hasta el jardín y, una vez allí, escalaron por una de las columnas hasta llegar al tejado. Con cuidado de no caerse, pisando con los pies descalzos las tejas de adobe donde el tejado era plano y no a dos aguas, los dos amigos se sentaron y contemplaron el magnífico cielo estrellado. El motivo por el cual salían a escondidas y subían allí arriba era el permanecer el uno junto al otro bajo las estrellas.

—No existe nada más hermoso que esto—suspiró Feres. Menesteo se mantuvo en silencio para no decirle qué era para él lo más hermoso que existía —. Mira, ahí está la constelación de Orión, la de Tauro… Oh, qué brillantes están hoy las Pléyades —suspiró con la mirada brillante por la luz de desprendían las lejanas estrellas. 

Se hizo el silencio mientras Feres mantenía la vista clavada en el firmamento y Menesteo, sabedor de que su amigo, en aquellos momentos, sólo tenía ojos para el cielo, se dedicó a mirarlo sin tapujos, sin esconder el anhelo en su mirada. Pero, al cabo de poco, Feres se volvió hacia él, fijando sus iris ambarinos —ahora oscuros por el manto de la diosa Nix— hacía los suyos. Tragó saliva incapaz de romper aquel contacto visual.

—Creo que soy un Nigromante —le dijo sin parpadear, con un deje sereno en la voz; como si le estuviera diciendo que había comprado un saco de harina en el mercado en vez de confesarle que creía que era un magus con la habilidad de poder controlar los cuatro elementos tanto para defenderse como para atacar.  

—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Estás seguro?

—Hace unos dos años y medio sucedió algo —comenzó a decir sin cambiar el tono de su voz—. Una tarde salí a montar a caballo solo y no estaba precisamente muy en mis cabales, si te soy sincero. Me refiero a que estaba enfadado con mi padre por haberme quemado unos rollos de filosofía, y por eso cogí a Sísifo y cabalgué al galope para intentar despejarme. — Feres hizo una pausa y, ahora sí, apartó la vista—.  No vi el desnivel. Al parecer, las lluvias de los días anteriores habían provocado un desprendimiento, y con ello que se formara un despeñadero de unos seis metros de altura. Cuando me di cuenta, frené a Sísifo. El caballo logró detenerse antes de caer, pero yo me vi catapultado hacia adelante y caí hacia el vacío.

» Pero, entonces, antes de estamparme contra el suelo, un viento me alzó hacia arriba. Uno que procedía de mi propio cuerpo y que me dejó de nuevo en la grupa de Sísifo. El caballo se encabritó un poco y me arrojó al suelo antes de alejarse unos pasos asustado. Aunque no tanto como yo, eso seguro.

Se hizo de nuevo el silencio y fue entonces cuando Menesteo se percató de que había estado conteniendo el aliento mientras Feres había estado hablando. Por todos los dioses por habidos y por haber, ¿había estado a punto de morir en aquel tiempo en el que habían estado separados? Si la magia de su sangre no se hubiera manifestado… Mejor dicho, si Feres no tuviera poder mágico en su interior, se habría matado en el mejor de los casos o quedado tullido en el peor.
  
—¿Lo sabe tu padre? —se obligó a preguntar, rompiendo el silencio. Feres negó con la cabeza —. ¿A tu hermana? — Feres volvió a hacer un gesto negativo.

—Estaba esperando a verte para poder decírselo a alguien.

¿Por qué? — quiso preguntarle, pero no se atrevió. El miedo estaba dominándolo de nuevo. 

—Supongo que eres la única persona que no espera nada de mí, por eso deseaba volver a verte y hablarte de esto. No es que me sienta afortunado o desgraciado por este poder latente en mi interior —explicó con una sonrisa triste —. Tampoco es que desee entrar en la academia Dioscuroi para que me enseñen la forma correcta de utilizar este supuesto «regalo de los dioses», pero no confío en lo que pueda hacer mi padre si se entera.

» En el caso de mi hermana es distinto. No quiero que se preocupe más por mí de lo que ya lo está. Por eso no le he dicho nada aún. 

—Tu padre no confía en los Magus Regis — recordó el tebano en voz alta, poniendo en su voz un tono que no sonara demasiado violento.

Feres asintió aunque la sonrisa de sus labios desmentía aquel gesto.

Los Magus Regis era aquellos magos y magas —o magus como se llamaban ellos — que servían a las distintas poleis de Tarpeya. Graduados en la única academia de magia de todo el territorio, situada en Isla Tiberina, la llamada academia Dioscuroi; los Magus Regis cobraban por sus servicios, asistiendo en la guerra a aquellos que pagaran por su ayuda. Bajo una serie de normas y códigos éticos y morales, vivían para servir a sus contratistas y tenían totalmente prohibido luchar entre ellos como ya sucediera en la Era de la Discordia. Los magus se dividían en tres grupos: los Sanadores, magus que poseían magia blanca; los Nigromantes, magus con magia negra y los Iridiscentes, magus que albergaban los dos tipos de magia.

—¿Crees que…? —Menesteo no pudo terminar su pregunta.

—No, no creo que pretenda que un brujo o hechiceros clandestinos me enseñen a utilizar estos poderes a espaldas de los Magus Regis y de los maestros de la academia. O tal vez sí. ¿Quién sabe? Parece que las cosas no van muy bien últimamente por Tarpeya. Micenas no es una excepción a pesar de lo que os he contado esta mañana.

—Lo sé. Los ánimos en algunas poleis están bastante agitados. 

—¿Por eso habéis venido?

Menesteo asintió.

—Por eso y por las competiciones atléticas que tendrán lugar pronto.

—Por supuesto —asintió Feres—. Nada mejor que la competición para recabar información a través de los asistentes foráneos. Meleagro es muy listo. No entiendo que no sea el estrategós de Tebas.

—Prefiere observar desde las sombras. No le gusta ser el centro de atención.

—Querrás decir el centro de todo —suspiró con un gruñido—. Orestes es todo lo contrario —. Se hizo un corto silencio antes de que Feres le preguntara—: ¿Participaras en la competición?

—Claro. ¿Y tú?

—¿Cómo puede el hijo del estrategós de la ciudad perderse tamaño acontecimiento? —rezongó con una mueca—. Qué remedio, tendré que sacrificarme para ahórrame más reprimendas por parte de mi señor padre. Aunque —de nuevo le miró fijamente con aquella sonrisa que sólo dibujaba cuando estaba a su lado —, contigo será más divertido.  

¿Cómo podía su corazón soportar aquellos altibajos? ¿Cómo era capaz de acelerarse tanto y no estallar fuera de su pecho y romperse dentro como una manzana al ser golpeada por un martillo? Se ruborizó y agradeció que la oscuridad, aliada inesperada, escondiera dicho rubor de su amigo. Bastante había tenido cuando le había lavado los pies aquella mañana. 

¿Cómo se le había ocurrido? Sólo los dioses sabían el esfuerzo que había tenido que hacer para no echarse a temblar ante su contacto y permanecer estoico como una estatua de bronce. 

Sus iris castaños se fijaron en las lejanas estrellas hasta que sintió algo cálido contra su hombro. Menesteo se volvió hacia Feres que, medio adormilado, se había apoyado contra su cuerpo de la misma forma que solían hacer cuando eran unos críos. De nuevo el corazón a mil y la respiración entrecortada lo martirizaron. Deseó suspirar, pero logró contenerse antes de coger a su amigo por el hombro y zarandearlo.

—Feres —le susurró —. Vamos a la cama, te estás quedando dormido.

—¿A la cama? ¿A la tuya?

Menesteo parpadeó desconcertado y le dio un vuelco en el estómago y le temblaron las manos unos instantes antes de recuperar la compostura. Todo bien, se recordó, era el rey de la sofrosine. 

—No, tú a la tuya y yo a la mía. Te acompañaré a tu alcoba, ¿de acuerdo?

Feres abrió los ojos, visiblemente molesto, y se levantó con su ayuda al estar más en el mundo onírico que en el terrenal. 

Cuando llegaron al jardín sanos y salvos, Menesteo se lo cargó a la espalda y lo llevó a su alcoba. Los pasillos estaban desiertos a aquellas horas así que nadie los vio. Una vez en el interior de su dormitorio, Menesteo lo soltó encima de la cama sin atreverse a desvestirlo. No, mejor no jugar con fuego. 

Se lo quedó mirando unos minutos. El micénico se había quedado profundamente dormido mientras lo había cargado hasta allí. Menesteo acercó la mano derecha a su rostro y le acarició la mejilla con la yema de los dedos. Dejándose llevar, se inclinó sobre él y le dio un beso en la frente; el beso de buenas noches que solía darle siempre que Feres era acunado por los brazos de Morfeo y el Sueño. 

Porque jamás se atrevería a más.

Porque tenía miedo a los cambios. 

Y no quería descubrir qué sentiría si lo besaba en los labios.  

***

Feres no recordaba cómo había llegado a su cama, pero no le costó mucho adivinar que habría sido su amigo quien lo habría llevado hasta allí. 

Se tapó el rostro con la almohada cuando los rayos del sol le dieron en toda la cara. Estaba molido y le dolía todo el cuerpo a causa de no haber dormido nada la otra noche y por el trasnochar de aquella. Pero tenía que levantarse. Tenía que…

¡Mierda!

Como si las Erínias fueran a perseguirlo en cualquier momento, Feres se levantó de la cama, apartando de un manotazo la sábana que le cubría el cuerpo vestido con el quitón del día anterior. Como si quisiera emular uno de los rayos todopoderosos del Padre de los dioses, se quitó la ropa sucia y arrugada, se aseó y se vistió con un quitón azul celeste con un cinturón de cuero negro, sus sandalias atadas por debajo de las rodillas y salió como una centella de su dormitorio.

Corriendo por los pasillos, sorteando —como era habitual en él — a criados del palacio, Feres salió de éste y se dirigió todo lo rápido que pudo hasta la arena de combate, una construcción de planta circular con gradas de piedra donde su instructor lo esperaba todos los días para entrenar el manejo de las armas. 

El día anterior fue una excepción y su padre había dado permiso para que pudiera saltarse sus obligaciones, pero hoy debía volver a la rutina estuviera Menesteo allí o no lo estuviera.

Y seguro que el muy traidor ya estaría allí, o tal vez hubiera ido a la palestra o al gimnasio. 

Ya podrían haberme despertado. Malditos todos. Cuando quieren bien que me molestan, pero cuando no…

Cierto era que su padre les había ordenado a los sirvientes que no lo despertaran para que Feres comenzara a tomar responsabilidades como próximo adulto que sería, y que él mismo era quien debía preocuparse de levantarse a las horas que debía sin que nadie tuviera que irle detrás como un mocoso de teta. Pero parecía que todos se hubieran confabulado para que Orestes tuviera una nueva excusa para reñirle.

Sin aliento y con todo el cuerpo sudoroso a pesar de estar todavía a finales del invierno, Feres llegó a la arena de combate y el sonido del entrechocar de las armas de metal hizo que se echara a temblar. Contempló la posición en el cielo. Llegaba tarde. Muy tarde.

Sabedor de que le iba a caer la del pulpo, el chico entró en la arena de combate como una serpiente: intentando escurrirse de forma sigilosa como aquel que no quiere la cosa, pero la escena que se encontró lo dejó con la boca abierta. En el centro de la arena Menesteo, con un quitón negro y filigranas geométricas plateadas en las mangas cortas y el bajo, intercambiaba golpes con uno de los soldados veteranos del ejército micénico como si nada.

Con una serenidad envidiable, y con el porte de un héroe homérico, Menesteo luchaba de igual a igual con aquel veterano que portaba más de veinte años de experiencia a sus espaldas. La frialdad y la seguridad de su amigo era aplastante, volviéndole a confirmar el hecho de que Menesteo había nacido para estar en un campo de batalla con una espada o cualquier otro tipo de arma en la mano.  

Con agilidad a pesar de su corpachón, Menesteo fintó y paró uno de los golpes de su enemigo con el hoplon antes de aparar el arma enemiga con un movimiento del escudo y atacarle con la espada, rota su defensa. El veterano, viejo zorro curtido en multitud de batallas, paró el golpe con su xifos y adelantó el escudo para golpear a su amigo con éste. Menesteo lo intentó esquivar, pero no pudo evitar que parte exterior del hoplon enemigo impactara contra su bíceps izquierdo. 

Sin que cambiara su expresión salvo el fruncido de su ceño que se acentuó, sin proferir quejido alguno, el tebano se dio la vuelta y bajó su xifos de bronce para atacar el muslo de su contrincante. El soldado se protegió con el escudo y alzó su bronce con velocidad, con la intención de finiquitar el encuentro. Pero Menesteo, en vez de detener el filo con su escudo, se abalanzó sobre su atacante. La hoja de bronce le rajó el pómulo derecho en el instante en el que él golpeaba el pecho descubierto y desprotegido del veterano con la parte central de su escudo revestida con cuero, elemento que se utilizaba para golpear al enemigo. 

Incapaz de esquivar o detener el ataque de Menesteo, el soldado micénico recibió el impacto y cayó al suelo de espaldas aparatosamente. 

El silencio en la arena era sepulcral hasta que la concurrencia —soldados y jóvenes aprendices de hoplitas como Feres —estallaron en aplausos y vítores ante aquella victoria in extremis.  

Incapaz de mantenerse a un lado mientras la sangre manaba del corte de su amigo, Feres se adentró en la arena al igual que otros que se dirigieron al lado del veterano para ayudarlo a levantarse.

—¿Estás bien? —le preguntó una vez llegó a su altura. Menesteo se volvió hacia él con la sorpresa pintada en el rostro y se quedó muy quieto mientras llevaba la mano hacia la aparatosa herida —. No parece muy profunda. No ha llegado al hueso. — Suspiró —. Menos mal, creo que no te quedará cicatriz si te la cosen de inmediato.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó perplejo, como si acabara de ver a un muerto regresar de la laguna Estigia.

—¿Cómo que qué hago? —refunfuñó con los brazos en jarras —. Se supone que debería llevar aquí una hora entrenando si mi mejor amigo se hubiera molestado en despertarme. ¡Mi padre va a matarme en cuanto se entere!

—No es eso, no es que no quisiera despedrarte —explicó con su tono monótono de siempre —. Como anoche parecías estar tan cansado, esta mañana conseguí convencer a tu padre, antes de que se fuera a cazar con el mío, para que pudieras dormir un poco más y levantarte más tarde.

—¿En serio?

Menesteo asintió.

—Fue a modo de favor personal. 

—Qué tontería —dijo nervioso y sintiendo que le ardían las mejillas. 

No hacía falta que su amigo intercediera por él y menos pedirle de forma personal a Orestes que lo dejara dormir un poco más. Por los dioses, ¡qué vergüenza!

—Sea como fuere, debemos volver al palacio para que te curen ese corte y te miren el bíceps.

El tebano se llevó la mano al pómulo herido y se miró los dedos manchados de sangre antes de contemplar la arena escarlata bajo sus pies. 

—No es nada. Sólo son un corte y un golpe.

Hinchando los mofletes, Feres cogió su amigo por la oreja y le pegó tal estirón inesperado que Menesteo dejó escapar un grito más de sorpresa que de dolor. Al ver esa escena, los hombres allí congregados comenzaron a reírse a carcajadas.

—A callar. Me vas a hacer caso y punto. Por algo soy el que manda de los dos — y sin más miramiento, lo cogió del brazo y tiró de él hasta la entrada con las risas y frases burlescas por parte de los demás de fondo ante aquella cómica situación. 

—Te estás vengando, ¿verdad? —le preguntó cuando fueron a la sala de las armas, una de las pocas estancias construidas dentro de los muros de piedra de la arena, para dejar el escudo y la xifos.

—No, pero debería. ¿Cómo se te ocurre interceder por mí ante mi padre? Luego pagaré el pato, ya verás. Y no sólo por eso —repuso furibundo —, has gastado la amabilidad de tu anfitrión en una estupidez.

—Tú no eres una estupidez. 

El tono de voz cálido y lleno de afecto con el que dijo aquellas cinco palabras le aceleraron el corazón a la vez que el ardor de sus mejillas se intensificó. 

Rezongando palabras ininteligibles, volvió a tomar a su amigo de la mano y lo arrastró de vuelta hacia el palacio sin atreverse a mirarlo a la cara. ¿Cómo hacerlo después de lo que acababa de decirle? 

De vuelta ya en el palacio, los dos amigos se dirigieron a la sala de curación, un ala aparte donde residía el físico privado de su familia. Escribiendo en un rollo de pergamino, Hipócrates alzó la mirada cuando Feres golpeó el marco de la puerta de madera abierta para llamar su atención. El físico alzó sus ojos grises y contempló a los dos muchachos.

—Oh, vaya. Creo que ese corte necesita algunos puntos —analizó con ojos críticos mientras se levantaba y se disponía a coger un tarro con alcohol, paños limpios, hilo y aguja —. Sienta a tu amigo en ese taburete, Feres —le pidió mientras dejaba las cosas en una mesa cercana y la arrastraba hasta Menesteo. Después fue a buscar una vela y la encendió antes de esterilizar la gran aguja de hierro con la punta curvada como si fuera un anzuelo —. Bueno, esto te va a escocer un poco — le advirtió vertiendo una generosa cantidad de alcohol para limpiar y desinfectar su herida. 

Dibujando una pequeña y fugaz mueca, Menesteo dejó que Hipócrates limpiara la herida hasta que ésta dejó de sangrar con tanta abundancia y soltó el paño teñido de rojo para ensartar la aguja esterilizada con hilo de tripa de cerdo. Después comenzó a meter y sacar la aguja por la piel del tebano, dando pequeñas puntadas muy juntas para juntar bien la piel y así evitar que le quedara cicatriz. Después de ponerle diez puntos de sutura, Hipócrates cortó el hilo con una pequeña daga y le hizo un nudo al hilo. 

—Muy bien, esto ya está. Veamos ese brazo — canturreó el físico después de lavarse las manos, fijando sus ojos expertos en el moratón que le había salido en el bíceps. Lo palpó con los dedos —. Nada roto, solamente un buen golpetazo que se deshinchará en unos pocos días. Te pondré un poco de ungüento para el dolor.

Y dicho eso, Hipócrates se dirigió hacia su descomunal estantería que llegaba desde el suelo al techo y rebuscó entre los tarros de barro hasta encontrar el que estaba buscando. Le entregó el ungüento a Feres y le dijo con una sonrisa beatífica:

—Ponle un poco, anda, a ver si así se te relajan los músculos de la cara. Después podéis iros con el ungüento. Mejor que se lo ponga tres veces al día para que la hinchazón baje antes. 
Antes de que pudiera rebatir sus palabras, el físico volvió a su escritorio y se concentró en su pergamino. Soltando un suspiro, Feres destapó el ungüento y se lo aplicó con todo el cuidado del mundo.

—¿Te duele? —le preguntó.

—No —repuso el tebano sin que su gesto cambiara.

—A veces me parece que no eres humano.

—Soy más humano de lo que crees, te lo aseguro.

Feres se sonrojó sin saber muy bien por qué y no dejó de masajear la zona del bíceps herido hasta que la piel absorbió todo el ungüento y los dos chicos se marcharon no sin antes darle las gracias al físico que les correspondió con una sonrisa. 

—No hay de qué, es mi trabajo.

—¿Seguro que estás bien? —volvió a preguntarle Feres mientras recorrían los pasillos del palacio en dirección a los aposentos de Menesteo.

—Que sí. Por los dioses, eres peor que mi madre.

—No, creo que, cuando se trata de su querido Menesteo, es peor que yo.

Los dos jóvenes se volvieron a una ante esa voz femenina tan querida y los ojos de Feres se iluminaron de alegría.

—¡Éaco!

Vestida con un bonito peplo rosa palo con unos cordones trenzados dorados alrededor de la cintura y de los pechos, Éaco se arrojó a los brazos de Feres ates de comerlo a besos y agarrar la pechera del quitón de Menesteo para que el tebano se uniera a ellos.

—Mis niños preciosos, cómo os he echado de menos. Bienvenido de nuevo a Micenas, Menesteo. — Lo besó con cuidado en la mejilla herida —. Veo que ya estás lleno de heridas y cardenales, como siempre. Si es que no puedo dejarte solo. Ni a ti tampoco, Feres — y le dio una colleja.

—¿Por qué me pegas? —se quejó.

—Porque deberías estar en la arena entrenando. Venga, aprisa. Ve para allá de inmediato que al final llegarás tarde y padre te castigará. No te preocupes —le guiñó un ojo mientras se colgaba del brazo bueno de Menesteo —, yo cuidaré de él hasta que vuelvas. Y luego te daré algo muy especial que te he traído.

—¿De verdad? —quiso saber desconfiado.

—Por supuesto. Pero si no cumples con tus deberes, no te lo daré.

Frunciendo el ceño, Feres le entregó el ungüento a Menesteo y se despidió de ellos para ir a la arena y realizar su entrenamiento diario. 

Cuanto más pronto comenzara, más pronto terminaría y podría regresar a casa con las dos personas que más quería.

***

 Después de asearse y de comer en compañía de su hermana y de Menesteo, los dos chicos siguieron a Éaco hasta sus aposentos privados. A diferencia de la estancia única de Feres, su hermana contaba con unas grandes dependencias privadas que se dividían en dos habitaciones. Una de ellas era su dormitorio en sí y el otro era una sala donde la joven tenía sus enseres de costura, telas, un telar, hilos de colores, y una pequeña biblioteca privada con estanterías llenas de rollos de pergamino, papiros, y un escritorio con tinteros y plumas donde Éaco escribía todo tipo de poemas y cantos a los dioses para recitar en los certámenes de poesía. 

Éaco los incitó a sentarse en uno de los tres divanes que había disponibles en la sala mientras se acercaba a la estantería y tomaba tres rollos de pergamino.

—Aquí tienes, hermanito —le dijo con una sonrisa. Feres cogió los rollos y abrió uno. Al leer lo que ponía se le iluminó la mirada.

—¡No me lo puedo creer! ¡Son de Pitágoras! ¿Cómo los has podido conseguir? —quiso saber sin dejar de mirar intermitentemente a los rollos y a su hermana. La mirada azulada de la joven mostró un brillo de orgullo y se colocó la larga melena negra, recogida en una cola de infinidad de tirabuzones y cuentas de piedras semipreciosas, sobre el hombro izquierdo.

—No fue nada fácil de conseguir, pero gracias a los contactos del abuelo y de mi carisma natural, logré que me hicieran unas copias.

—Eres la mejor hermana del mundo, Éaco.

Ella soltó una carcajada antes de semitumbarse frente a ellos en el otro diván.

—Serás zalamero y oportunista. Sólo me dices esas cosas cuando te conviene. Menuda labia tienes. —Éaco contempló a Menesteo con una mueca de disculpa en el rostro —. Lo siento, cariño. Si hubiera sabido que estarías aquí, te hubiera traído alguna daga corintia. 

El rubio negó con la cabeza.

—No hay mejor regalo que poder estar juntos de nuevo, aunque sea por pocos días.

Éaco inclinó la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre uno de los cojines. 

—Aquí está el otro piquito de oro. En serio, sois lo que no hay. ¿Siempre sabéis lo que la gente quiere oír o qué?  

—Cómo si no nos hubieras enseñado tú a ser así, hermana —musitó Feres sacando la cabeza de sus rollos de pergamino. 

Éaco le sacó la lengua antes de dejarle leer los preceptos y enseñanzas de Pitágoras y se volvió hacia Menesteo.

—Qué inesperado que Meleagro y tú hayáis venido en estas fechas. Normalmente esperáis a targelión para venir. Aunque no voy a quejarme puesto que hace tres años que no te veíamos el pelo. Pelo que, por cierto, llevas increíblemente corto. 

—Es molesto dejarlo crecer si tienes que llevar todos los días un casco puesto.

La joven meditó su respuesta.

—Claro, muy cierto. Tu padre te habrá tenido medio esclavizado para que entrenaras hasta la extenuación. ¡Sólo mira ese cuerpo! —exclamó señalándolo con las palmas de las manos abiertas— ¿No te has dado cuenta, Feres? ¡Parece la escultura del Discóbolo de Miró!

Feres volvió a asomar la nariz del tratado de filosofía y contempló el cuerpo de su mejor amigo mientras se hacía una imagen mental de dicha escultura.

—Sí, puede ser —musitó.

—¿Puede ser? Qué niño, en serio —suspiró llevándose la mano derecha a la frente —. Si yo tuviera a alguien así a mi lado no sé si podría estar leyendo tan tranquilamente.

Abriendo la boca, completamente ojiplático, Feres se puso rojo hasta la raíz del pelo, cayéndosele en el proceso los rollos del tratado de filosofía ante el tembleque de sus manos. ¿Qué demonios estaba diciendo? Abriendo y cerrando la boca sin casi poder hablar, emulando a un pez recién pescado que intentaba respirar fuera del agua, al final fue capaz de articular:

—¿Qué tonterías estas diciendo?

—¿Tonterías? —se escandalizó llevándose teatralmente una mano al pecho —. Así que yo digo tonterías. Pues no soy yo la que está más colorada que un cangrejo hervido.

—¿¡Cómo no voy a estarlo ante lo que acabas de decir!? ¡He sentido vergüenza ajena!

—¿Vergüenza por decir que Menesteo parece una escultura del mismísimo Miró o de Fidias?

—¿Qué tendrá eso que ver para que yo no pueda leer a Pitágoras?

—Aggh —gruñó su hermana cruzándose de brazos —. Déjalo, bastante mal lo está pasando el pobre Menesteo ante tú desdén. 

—¿Mi desdén? Yo jamás sentiría por él algo así y él lo sabe. ¿Verdad?

Feres se volvió hacia su amigo y se quedó de piedra al verlo con el rostro agachado, completamente sonrojado y avergonzado, tanto que, por primera vez en su vida, Menesteo no era el chico impertérrito e imperturbable que su padre había hecho de él desde los siete años, sino un joven normal y corriente que, además, parecía mucho más joven y adorable.

Muy muy adorable.

El sonrojo de Feres aumentó y eso lo enrabietó aún más. ¿Por qué su hermana siempre tenía que meterlo en situaciones tan bochornosas? 

—Bueno, cambiemos de tema. En unos pocos días se celebran las competiciones atléticas de Micenas, ¿en qué categoría vais a participar?

Recuperados ya de las palabras de Éaco, Feres tosió para aclararse la garganta.

—Bueno yo participaré en lo de siempre: la carrera, lanzamiento de jabalina y el pugilato. 

—¿Y tú, Menesteo?

—En el salto, el lanzamiento de disco y en la lucha.

—Como siempre, evitando coincidir en las pruebas —señaló la joven que se levantó para servirse un poco de agua—. Aunque son las que más van con vuestra forma de ser y vuestra forma atlética, todo sea dicho. Yo participaré en la carrera este año.

—¿En serio? —preguntó Feres con ilusión —. Hacía mucho que no lo hacías. 

—Sí, es verdad. Pero este año me apetece hacerlo —y un brillo misterioso iluminó tanto sus ojos como su sonrisa enigmática.  

—¿Estás tramando algo?

Esa pregunta hizo que su hermana lo mirara algo desconcertada.

—¿Por qué lo dices?

—No sé, una impresión. 

La sonrisa de Éaco se ensanchó.

—Pues tu impresión es correcta. Y, antes de que me lo preguntes, es un secreto del cual te enterarás el día de la carrera. 

» Y ahora, si me disculpáis, me gustaría descansar un poco. Nos vemos a la hora de la cena.
Los tres se despidieron y Feres y Menesteo se marcharon en silencio, uno que se mantuvo durante unos minutos hasta que Feres lo rompió.

—No hagas caso a lo que ha dicho mi hermana. Ya sabes como es. Solamente quería molestarnos.  
—¿Eso crees?

Feres se detuvo frente a Menesteo que lo observaba con su rostro impasible de siempre, pero con los iris marones muy brillantes. La intensidad de su mirada le aceleró el corazón y abrazó con fuerza los tres rollos que le había regalado su hermana. 

—¿Qué quieres decir?

—Si crees que ha dicho eso para molestarnos.

—¿Y para qué otra cosa lo iba a decir?  Como si a estas alturas fuera a ponerme nervioso en tu compañía. Somos amigos desde hace años y estoy muy cómodo a tu lado.

—La comodidad no implica el no estar nervioso.

—¿Es que tú estás nervioso en mí compañía? —preguntó bastante hastiado y sintiendo que se enfadaba por momentos. ¿A qué venía aquella sarta de sandeces por parte de su hermana y el tebano? 

—Sí, lo estoy.

Ante esas sencillas, pero sinceras palabras, a Feres se le hizo un nudo en el estómago y otro en la garganta. 

—No lo entiendo.

—Claro que no lo entiendes —suspiró Menesteo —. Porque, para ti, todo sigue igual. Nada ha cambiado desde que nos conocimos y nada cambiará. Aunque, tal vez, sea mejor así.

—¿Qué me quieres decir con eso? Pues claro que hemos cambiado, sólo hace falta mirarnos.

—Tienes razón. En verdad no hemos cambiado nada más allá de nuestro aspecto físico. Puede que sea eso, que el cambio en realidad no existe, que sólo hay una realidad que siempre permanece sin alterarse porque, de hacerlo, ya no sería. Dejaría de existir.

—No sé a dónde quieres llegar –musitó el micénico completamente confuso. 

Una sonrisa triste se dibujó en sus carnosos labios.

—Mi padre me ha buscado a una mujer con la que casarme en cuanto haya realizado la efebia. 

Las paredes, el suelo y el techo del pasillo en el que estaban parecieron caérsele encima al micénico en cuanto escuchó aquellas palabras. 

—¿Te vas a casar? Pero… ¿por qué tan pronto? Eso es… demasiado precipitado. Casarte con dieciocho años es…

—Mi padre pretende alistarme en el ejército permanentemente en cuanto supere el servicio militar —explicó con la mirada fija en el suelo—. Es mejor tener una esposa y que dé a luz hijos pronto que hereden mi nombre y mis propiedades por si muero en la guerra. — Al cabo de los segundos y minutos que corrían sin que Feres dijera nada, Menesteo le preguntó—: ¿No vas a decirme nada? ¿No vas a felicitarme?  

—¿Debería?

Eso hizo que el rubio sonriera sin pizca de alegría.

—No lo sé. Eso depende de ti.

—¿Y si no me alegrara por ti? ¿Debería hacerlo de todos modos? 

—¿Y por qué no te alegrarías por mí?

—Eso…

Feres no pudo continuar. Menesteo tenía razón, ¿por qué se sentía como si algo dentro de él se hubiera partido en mil pedazos? ¿Por qué sentía un fuerte picor en los ojos y ganas de salir de allí? Se estaba ahogando, no podía casi ni respirar, así como era incapaz de mirar al tebano a los ojos.
El cuerpo hercúleo de Menesteo se acercó más a él, juntándose sus sombras en la pared, fusionándose como si fueran una única silueta.

—Feres —lo llamó con suavidad, con un tono de voz que jamás había escuchado salir de su boca.
Estaba tan cerca… Y eso que no era la primera vez ya que, de niños, solían dormir juntos. Pero, por alguna extraña razón, Feres se sentía asustado e intimidado y no porque tuviera miedo. Era algo más, algo que no era capaz de comprender. 

—Lo siento.

Incapaz de seguir allí plantado, el chico esquivó a su amigo y corrió por los pasillos hasta que abrió la puerta de su habitación y se apoyó en ella para recuperar el aliento.

¿Qué acababa de pasar? ¿Qué había sido esa energía, esa atracción, esa congoja, ese dolor en el corazón?

¿Cómo que las cosas no habían cambiado? ¡Por supuesto que lo habían hecho! Porque, es ese momento, en el instante en el que Menesteo se había plantado frente él tan cerca, se había puesto nervioso. Mucho. 

Y no era la primera vez que lo experimentada desde su reencuentro.

Tal vez su hermana no fuera tan desencaminada y tuviera razón aunque no de la manera en la que lo había expuesto. 

¿O sí?

Porque ya no eran unos críos sino unos adolescentes que estaban a punto de alcanzar la adultez. Y eso siempre trae cambios. Grandes cambios. 

Aunque el cambio más grande se había dado en ese lapso de tiempo en el que no se habían visto. Ahí era donde estaba el quid de la cuestión.

 Las cosas se originan por la separación de los contrarios, y no había más verdad que esa. 



Gracias por leer. Nos vemos en el siguiente.
Ester.




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